Me senté en el asiento trasero del carro y lo primero que veo es un viejo guión de clase de teatro guardado en la bolsa del asiento. Estaba ahí, estratégicamente acomodado al lado de quién sabe qué otros papeles y revistas olvidadas. Recuerdo que nunca pude memorizarlo, sin embargo, no recuerdo haberlo puesto ahí.
Me gusta imaginarme aquello de lo cual no tengo memoria, aquel momento en el que doblé las hojas engrapadas sin cuidado; después, me imagino el momento en el que alguien más lo encontró, no pudo descifrar si era importante o no y decidió dejarlo ahí, "por si a caso".
"¿Adónde vas?", decía. Hasta ahora, nunca había permitido que nadie me cuestionara, mucho menos un papel viejo. Pero creo que no era sólo un papel. Tal vez era algo fuera de mis manos, algo planeado, un momento que me estaba esperando. Esa idea me gusta y me asusta. "¿Adónde vas?" La pregunta más difícil que me han hecho y que aun no puedo contestar. No sé a dónde voy. Sé que el tiempo pasa y que yo camino y que me muevo y que definitivamente me dirijo a algún lugar del mundo pero no sé a dónde y no sé por qué. Después mi mente citó a Pablo Neruda y me vi a mí misma desde afuera, desde otra perspectiva, y vi toda mi vida desde arriba. Y no me gustó. Esa hora aun no termina. Esa hora se convirtió en días, esos días en semanas y siguen siendo igual de amargas. Tratando de descifrar algo que no puedo, como un acertijo imposible de resolver. Un acertijo que muchos no saben que existe o quizá sí, pero que no les preocupa. "¿Adónde vas?" una pregunta que siempre viene acompañada con otras como "¿quién eres?" "¿qué quieres?" y a su vez, cada una de ellas seguida de un "¿por qué?". Todas igual de complicadas. Pero sé que al menos tengo dos opciones: contestarlas o ignorarlas. Yo decido la primera.
Tal vez la vida sea como un castillo de naipes: difícil de construir y muy fácil de derribar; necesita de una base firme y mucha paciencia. Tal vez cada momento determinante sea uno de ellos: cuando aprendiste a caminar, a montar bicicleta, a manejar, la primera vez que te enamoraste, la primera vez que te rompieron el corazón, cuando ganaste un concurso sin esperarlo, cuando entraste a la universidad, tu graduación, tu primer trabajo. Cada logro y cada derrota se convierte en un naipe que construye nuestro castillo. Desde los primeros pisos es difícil ver lo que hemos recorrido y lo que nos espera, pero conforme vamos avanzando tenemos una vista más amplia, elevada, y podemos ver desde arriba por dónde han estado nuestras huellas y hacia dónde se dirigen. Es ahí cuando descubrimos quienes somos y en qué nos hemos convertido. Probablemente voy en el primer piso. Quizá necesito subir, necesito construir, necesito moverme. O quizá sólo debo esperar pacientemente a que los naipes lleguen.
No sé si pueda contestar pronto todas las preguntas que tengo. Preguntas que al parecer no dejan de llegar, cada día una nueva, cada día una más difícil que la anterior; se acumulan y yo me bloqueo, pero me gusta pensar que es una etapa, una etapa formada por respuestas, cada respuesta un naipe y en conjunto un piso completo. El piso más fuerte del castillo. El piso a partir del cual ningún naipe podrá caer.
¿Adónde voy? Todavía no sé. Pero, ¿quién dice que es necesario saberlo para llegar?
"Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas" - P. N.

No comments:
Post a Comment
Dime algo.